TESTIMONIOS DE VIDA

La misión, luz en el inframundo (Grupo de apoyo a Adictos)


 


Jéssica probó el alcohol a los diez años, durante su primera comunión; David, a los 13 dejó que la heroína fluyera por sus venas; ahora, ambos acuden a un centro de rehabilitación de Acapulco.


 


 Era el festejo de su primera comunión cuando ella tuvo su contacto inaugural con el alcohol; meses más tarde fue enseñada a dejarse crecer la uña del meñique y a darse su primer jalón de cocaína; sólo tenía 10 años. Él tenía 13 y experimentó su primera malilla producto de la inyección de heroína. Ahora, Jessica La China tiene 13 años de edad y David El Cholo 22; ambos están recluidos en un anexo de rehabilitación en Acapulco y son más, mucho más que el sufrimiento abstracto de las estadísticas.


La China


Mi primer encuentro con el inframundo de Jessica es por medio de su mamá; soltera, con cuatro hijos, todos de diferente padre, trabaja de noche en una fonda como lavadora de trastos; en el día duerme y, cuando menos lo esperaba, su hija mayor estaba metida en el infierno. Los primeros indicios de los problemas de La China ocurrieron en su escuela, en la colonia Extensión Icacos, en la parte alta de Acapulco; su director, Atanasio Carvajal, recibió el reporte de que la niña portaba un piercing en el ombligo y participaba en peleas callejeras. La casa de Jessica es el prototipo de la marginación y el abandono y se ubica a unas cuantas cuadras de su escuela. La vivienda tiene sólo dos piezas: una, con un viejo colchón y una improvisada parrilla a manera de cocina; la otra, con un monolito de piedra a manera de cama y, a su lado, la letrina: Suciedad, cucarachas, roedores y humedad es la decoración.


Temor manifiesto


Por fin, un día antes de Navidad logró ingresar al lugar donde desde hace un mes está recluida La China; es el anexo del grupo La Misión, de Alcohólicos Anónimos, enclavado en una calle de la colonia Progreso.Con un naciente pelo, ya que la raparon llegando al grupo, Jessica se sienta conmigo, me acompañan su mamá y su pequeña hermana. Con un temor manifiesto ante la presencia de los padrinos, me dice que no puede hablar, que le tienen prohibido; sin embargo, logro arrancar algo de su drama. ?¿Qué pasó contigo? ¿Porqué te trajeron aquí? ?Porque me salí de mi casa y llegué al otro día. No tomaba mucho; el otro día, en mi comunión, fue mi primera vez. Eran guamas ?contesta nerviosa. ?¿Qué drogas consumías? ?Coca y mota. No era del diario, cuando me la disparaban nomás, como cada 15 días; no como mis compañeras del centro, que se meten piedra diario. Pasan a tribuna y cuentan su vida" ?explica, mientras su mamá nos sirve un mole rojo.


Los rasgos de La China denotan una infancia arrebatada; me dice que todavía cree en Santaclós y tiene su deseo navideño, el cual nunca se pudo cumplir; "quiero pasarme bien la Navidad, feliz con mi familia, contenta con mis hermanos. Me gustaría pedirle un celular con música", me dice ilusionada mientras sonríe. Mientras comemos, en voz muy baja me relata que en el anexo vive en un cuarto junto a otras 13 mujeres, la mayoría niñas como ella y con problemas de droga.


?¿Cuándo fue la primera vez que probaste la droga? ?hurgó de nuevo. ?Uuuuh, la coca fue la primera; estaba con una amiga, ella estaba haciendo el primito y me empezó a decir China, ¿quieres? Yo le dije que no, me mandó a la verga y yo también la mandé; luego estaba con otro chamaco y le dije ora pues, nos fuimos para el arroyo y le sobró tantita; ella le empezó, agarró y se puso en la uña y se metió, de ahí yo también. Seguimos charlando y me asegura que nunca ha derramado una lágrima? "nomás cuando mi mamá me pega", me dice, mientras su mamá se carcajea. ?¿La mota, cómo fue? ?Fue con un amigo, estaba en su casa en la mañana ?dice, sin revelar nombres que la comprometan.


El Cholo


David es de Coyuca de Benítez, de una familia acomodada de la localidad; apenas el 25 de noviembre pasado cumplió 22 años. Ya es veterano del centro, hace un año acudió por primera vez y recayó. Su tabla de salvación es una alabanza que, de acuerdo con lo que dice, le cambió la vida. "Empecé a consumir drogas a los 13 años, heroína, estuve ocho años consumiéndola; el alcohol nunca me llamó la atención; al principio fue en grupo; como principiante tratas de buscar los medios para conseguirla, pero luego ya no quieres ni invitados, no quieres estar con nadie", explica, mientras Jorge P., el encargado del grupo, mueve la cabeza a manera de desaprobación.


?¿Cómo te iniciaste en las drogas?


?La primera vez me acuerdo que había un problema en casa, se iban a separar mis padres; intervine en la discusión, mi papá se enojó, hubo golpes y todo, tuve que salirme de la casa buscando un refugio donde me entendieran y comprendieran; andaba sangrando de la nariz del golpe que me había dado mi padre, nunca lo había hecho, estaba ebrio y las primeras personas que vi juntas eran los drogadictos, quienes me dijeron "vente para acá, con una dosis se te va a calmar"; me empezaron a meter nuevas ideas en la cabeza. Se pasó de lanza tu jefe; ve cómo te trata, mejor consume esto" ?me dijeron; de esa manera, hace ocho años, me metí en esa droga y ya nunca pude salirme. Mientras me muestra las cicatrices de los pinchazos de jeringa en su brazo y mano izquierdas, El Cholo  narra la adicción al estupefaciente; "eran hasta nueve dosis diarias, las conseguía vendiendo cosas de mi casa; ¡lo que llegué a afectar fue a mi casa! Robé el estéreo, las teles?", ?describe? al tiempo que dos jóvenes madrinas recargadas en el mostrador del centro observan dubitativas a otras víctimas del mismo drama. Con sus ojos llenos de esperanza me dice que no consume la heroína desde que llegó a la agrupación; "apenas llevo un mes, ya había estado hace un año, pero fallé, salí a hacer la prueba", dice.


David, El Cholo, se aferra a su tabla de salvación; "una vez estaba con un compañero y escuché una alabanza a Dios; yo estaba bien desesperado, quería conseguir droga; en ese momento me entró la idea de que necesitaba ayuda, ya había llegado un límite en que estaba desahuciado de la droga; aunque no quería saber nada, no podía dejarla, era una dependencia muy fuerte hacia ella, porque existían las reacciones, la malilla ?dolor de huesos, calentura y vómito?si no consumía; ya lo hacía por vivir. "Fue cuando escuché esa alabanza y entendí que necesitaba ayuda, yo nunca había podido dejarla, ni siquiera con ayuda de los psiquiatras que me pusieron en mi familia; doctores, clínicas, no encontré salida; salía de una y me drogaba; hasta me llevaron a un centro cristiano en Cuernavaca, pero llegaba y me drogaba; llegué aquí al grupo La Misión y cambié, gracias a Dios", finaliza el joven coyuquense. José Juan Delgado



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